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Pandemia y protestas por la violencia policial: dos crisis sacuden a Estados Unidos

La vida de Jimmy Mills se ha visto afectada por ambos. Su peluquería del centro de Minneapolis es una de las muchas pequeñas empresas de negros que luchan por sobrevivir a la pandemia





Son plagas paralelas las que asolan a Estados Unidos: El coronavirus. Y los asesinatos policiales de hombres y mujeres de raza negra.


La vida de Jimmy Mills se ha visto afectada por ambos. Su peluquería del centro de Minneapolis es una de las muchas pequeñas empresas de negros que luchan por sobrevivir a la pandemia. Pero Mills, de 56 años, tenía esperanzas porque después de dos meses de cierre iba a reabrir la semana próxima.


Sin embargo, el viernes temprano el vecindario de clase trabajadora en el que Jimmy corta el cabello desde hace 12 años estalló en protestas ardientes por la muerte de George Floyd y los diversos asesinatos de afroestadounidenses a manos de la policía que sacudieron tanto a Minneapolis como a otras ciudades de todo el país. «Tener el Corona y encima esto… es como un tiro en el estómago», dice Mills.


La conmoción provocada por un video que capta los últimos minutos de la agonía de Floyd mientras un policía blanco le aprieta el cuello con la rodilla, se abre paso palpitando a través de un Estados Unidos que ya está desgarrado por la rabia y ansiedad. Las emociones están en carne viva por la cantidad de víctimas de la pandemia que ha matado a más de 100.000 personas en todo el país y ha costado millones de empleos.


Los habitantes de Minneapolis afirman que la indignación y las protestas por la muerte de Floyd son resultado de que la comunidad ha estado puesta a prueba repetidas veces en las últimas semanas tanto debido a la violencia policial como al virus, y de un modo que pone en nítido relieve las desigualdades raciales profundas de EE.UU.


El brote infeccioso ha infligido un costo económico y sanitario desproporcionado a las minorías raciales y los inmigrantes de Minneapolis y en otros lugares. Los asalariados negros y latinos han tenido mayores pérdidas de empleo. Muchos otros se encuentran entre los trabajadores por hora mal pagos que arriesgan la salud por trabajar en comercios de comestibles, asilos de ancianos, fábricas, mataderos y en otras tareas que no pueden hacerse a distancia.


La comunidad negra de Minnesota también ha sido muy golpeada por los casos de virus, así como en todo el país los afroestadounidenses se contagian y mueren con mayor frecuencia.

Según una estimación, la población negra constituye al menos el 29% de los casos conocidos de COVID-19 en Minnesota a pesar de constituir alrededor del 6% de los residentes del estado. Los afroestadounidenses conforman el 35% de los casos de coronavirus en Minneapolis, aunque son menos del 20% de la población de la ciudad.


«No hay palabras para describir la situación por la que la gente está pasando», declara el diputado estatal Mohamud Noor, que representa un distrito con muchos somalíes y otros inmigrantes.


Su tío abuelo murió de coronavirus hace unos días y dice Noor que está perdiendo la cuenta de cuántos otros familiares y residentes conocidos van muriendo.


Agrega que el cierre de las escuelas ha perjudicado a los alumnos más pobres que no tienen computadoras portátiles ni acceso a Internet adecuado para recibir clases en línea y que la ola de pérdidas de empleo ha hecho que los índices locales de desocupación se disparen. Ahora, con más de 200 negocios dañados o destruidos durante los disturbios, Noor comenta que le preocupa la nueva serie de ejecuciones hipotecarias, pérdidas de empleo y quiebras de negocios.


«A muchas personas pobres que no tenían mucho, esta catástrofe las va a devastar», señala.

Incluso antes de la pandemia, el barrio Midtown donde se quemaron, dañaron y saquearon edificios, intentaba restablecerse al cabo de años de dificultades económicas. La zona queda en una parte de la ciudad históricamente segregada en la que algunos residentes se sentían desatendidos. Hay un sector ferroviario reconvertido en sendero para bicicletas y caminatas que atraviesa el vecindario. Está el Mercado Global Midtown que atraía a comensales y gente que iba a comprar comida y artesanía india, marroquí, de la etnia hmong y de otras nacionalidades.


Pero ahora, al lado de la entrada de Mills, el peluquero, quemaron hasta los cimientos una tienda de todo por un dólar y un negocio de artículos de belleza. Las vidrieras de la peluquería de Mills fueron hechas añicos y los saqueadores se llevaron sus televisores, equipos de video y las maquinitas de cortar el pelo.


Ahora, con la electricidad cortada, el agua que corre por el suelo y las falanges de la policía y las tropas de la Guardia Nacional que ocupan el vecindario, Jimmy no sabe cuándo podrá reabrir su peluquería J-Klips.


«La mitad del lugar está arruinada», asegura. «¿Dónde vamos a parar desde aquí?»

El concejal Phillipe Cunningham representa a un barrio pobre del norte de Minneapolis con gran población negra, hmong y norteamericana originaria. Afirma que se ha pasado los últimos dos meses luchando para conseguir que se abra un sitio de pruebas de coronavirus, atendiendo llamadas de trabajadores despedidos que se atrasan en el pago de sus alquileres y de dueños de negocios negros que no logran avanzar por el laberinto de los programas federales de ayuda.


El viernes Cunningham recorrió en auto los edificios dañados, ayudando a algunos de los mismos dueños de negocios a tapiar el frente de sus comercios para tratar de evitar que entren saqueadores en ellos.


«Ya antes era una lucha», dice Cunningham.


En muchos bolsones de la ciudad donde el virus parecía estar más concentrado, los residentes no han tenido acceso a máscaras protectoras y desinfectante para las manos, aun cuando el alcalde ordenó que a partir de la semana pasada se usaran máscaras dentro de los negocios, informa la pastora Jia Starr Brown, de la Iglesia First Covenant del centro de Minneapolis.


Inclusive las personas sanas de Minneapolis se sentían angustiadas después de un largo período de estar encerradas en la casa al llegar la primavera nórdica; recién el lunes iba a comenzar una reapertura limitada de negocios. Esa relajación de las restricciones estuvo acompañada por una larga lista de reglas de distanciamiento social y sanitarias.


La reverenda Starr Brown habló mientras se alejaba de una manifestación frente a un edificio oficial del condado el viernes por la tarde, diciendo que se sentía alentada de ver asistir tanta gente a las movilizaciones que pedían justicia para Floyd, a pesar de que hacerlo era un riesgo para la salud.


«Se trata de un dolor colectivo muy extenso, y qué grande ha de ser el dolor para que la gente arriesgue su vida», dijo. «Lo que somos como pueblo es mayor que el riesgo de estar aquí fuera. Esto es urgente. No se trata sólo de nuestras vidas propias individuales como negros, sino de nuestro futuro y nuestros hijos».


Muchos jóvenes, especialmente de las minorías, eran trabajadores de la economía informal que tenían dos o tres empleos de tiempo parcial que se evaporaron cuando se produjo el brote, según Tyler Sit, pastor de la Iglesia de la Ciudad Nueva que está a unas cuadras de donde murió Floyd y del Tercer Precinto policial que se incendió en las protestas. Perdieron el trabajo y quedaron preocupados por no tener beneficios sociales en caso de enfermarse.

Encerrados en casa durante la cuarentena, sin trabajo ni perspectivas de encontrar empleo en un futuro previsible, dice Sit, estaban más al corriente de las noticias que de costumbre y también tuvieron tiempo para reaccionar tomando las calles.


“Escucho comentarios de integrantes de nuestra comunidad que tratan de deliberar acerca de ir o no a las protestas. No quieren contagiarse el COVID-19 ni diseminarlo si llegaran a ser portadores asintomáticos”, comenta el pastor. “Pero hay un sentimiento muy profundo de que tenemos que hacer algo porque nuestra ciudad está en el horno.”


En las ciudades de Atlanta, Denver, Nueva York y otras también hubo protestas colectivas pese a la pandemia. Los manifestantes tenían mascarillas faciales y pañuelos cubriéndoles la cara para protegerse del coronavirus y de los gases lacrimógenos.


Rashawn Ray, sociólogo de la institución de investigaciones The Brookings, sostiene que una diferencia sustancial entre las dos plagas es que el coronavirus, como otras enfermedades pasadas, puede disiparse algún día con una vacuna o algún descubrimiento médico.

“Todavía no hemos llegado a un punto en que el racismo no sea parte significativa de la vida de todos en Estados Unidos”, dice.


FUENTE: The New York Times

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